• Dominika

Mi romance con los panes de yuca



Es lo mejor que se manduca,
hay que jalarle al pandeyuca

El pandeyuca es una joya
de la cocina colonial
nuestros abuelos no sabían
sin pandeyuca merendar;
suele mojarse en chocolate,
también se puede rellenar
y con dulce de breva o moras
es bocado de cardenal.

Cuando la cosa se trabuca
hay que jalarle al pandeyuca

El que prepara pandeyuca
debe ponerse delantal
y hacer la pasta con cuajada,
fécula, yemas, agua y sal;
no necesita levadura
para que pueda levantar
sólo amasar unos rollitos
que se colocan a dorar.

Cuando la suerte se espeluca
hay que jalarle al pandeyuca


Balada del Pan de Yuca (fragmentos), Hernando Martínes Rueda -Martinón-

Mi romance con los panes de yuca comenzó en el año 2007, cuando por impulso, mi amiga Irina y yo nos inscribimos a clases de italiano los sábados por la mañana, de 8:00 a 13:00. Cansada después de la semana de trabajo y del viernes de fiesta, me bastó asistir a la primera lección para comprender que el esfuerzo que aquello requeriría iba a ser considerable. Usualmente retrasada y siempre hambrienta, las primeras horas de clase parecían no tener fin. Entre las explicaciones sobre le preposizioni y le tre coniugazioni verbali, esperaba impaciente el sonido de la campana de las 10:00 con el que se anunciaba que por fin había llegado la pausa más larga de 20 minutos, para salir corriendo, junto con mi amiga y cómplice, a la tienda que vendía los más deliciosos y frescos panes y tortillas de yuca.


Recetas hay muchas y, asimismo, muchas son las panaderías que los vendían, pero solamente aquellos de la Calle Italia, sabían tan bien. Su tamaño era mayor a aquel de los de la competencia y parecían no lograr contener el queso que, casi siempre, emergía al exterior, a la fuerza, a través de un pequeño agujero en la parte superior del bollo. Las tortillas, que no estaban hechas a base de almidón de yuca, sino de yuca rallada, eran achatadas y un poco más grandes y venían rellenas de pedacitos de chicharrón de cerdo.


No nos importaba que dispusiéramos de poco tiempo y apretábamos el paso para poder hacer esas dos cuadras en el menor tiempo posible. Tampoco nos importaba esperar en la fila de clientes ansiosos que siempre nos daba la bienvenida al cruzar el umbral. Si estábamos de suerte, coincidíamos con el momento en el que una tanda de panes y tortillas frescas salía del horno y hacía su paso hacia el mostrador de vidrio sobre la mano de la panadera. “Deme cinco panes de yuca y cuatro tortillas”, oía decir al primer cliente. “Para mí 6 de cada uno”, decía el otro, mientras yo hacia cálculos mentales de cuántas personas quedaban por comprar y cuántos panes por vender, esperanzada de que sobraran algunos para nosotras. Si estábamos de mala suerte, nos encontrábamos con la estantería vacía y, en esos casos, resignadas ordenábamos tan solo un yogurt casero de mora recién licuado y regresábamos a la escuela sin prisa.


Al cabo de algunos meses de auto infligido sufrimiento, el curso de italiano terminó y mis visitas religiosas a la panadería fueron interrumpidas, ya que por cosas del destino, me mudé por trabajo… a Italia.


Sentada nuevamente en un pupitre de la Dante Alighieri, esta vez en la Piazza di Firenze en Roma, continué estudiando le preposizioni y l’oggetto diretto e indiretto, esta vez de forma más intensiva entresemana y por las tardes; y, mis panes de yuca fueron sustituidos por panini con rucola e prosciuto, supplì y arancini. Pero, como los verdaderos romances perduran, con el paso del tiempo aprendí a preparar mis propios panes de yuca y he venido haciéndolo por años en las cocinas de cada una de las ciudades en las que me ha tocado vivir. Eso sí, cada vez que regreso a Quito, una de mis primeras paradas es aquella tienda de la calle Italia. Al ver que aún sigue ahí, siempre doy un suspiro de alivio.



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